10/18/2012 - 05:48

A pesar de las garantías, persisten las dudas

En mi primer ensayo de la Mesa Redonda, reconocí las ventajas que podrían aprovechar los países que dependen de bancos internacionales de combustible para los suministros de emergencia de uranio poco enriquecido (LEU, por sus siglas en inglés), pero principalmente exploré las desventajas de tal acuerdo. Varias de las desventajas que identifiqué, provienen de mi entendimiento de que a los Estados con acceso a bancos de combustible se les requeriría renunciar a sus derechos garantizados bajo el Tratado de No Proliferación Nuclear -- tal como el derecho a enriquecer uranio o reprocesar el combustible gastado.

Parece que lo que entendí no encaja con la estructura actual de las dos iniciativas asociadas al Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA). Efectivamente, el organismo afirma categóricamente que los derechos de las naciones en cuanto al ciclo de combustible nuclear no deben ser comprometidos para asegurar los mecanismos de suministro. También cabe mencionar que obtener el acceso a uranio poco enriquecido a través de un banco de combustible no requeriría unirse a este último; el combustible se pondría a disposición de cualquier Estado miembro del OIEA que reúna los criterios básicos.

Aunque cuando escribí mi primer ensayo no estaba al tanto de algunos detalles en curso acerca de las dos iniciativas de bancos de combustible, sigo sin creer que, en la práctica, los bancos de combustible funcionarán como se supone fueron diseñados. Para ser exacto, tengo un gran respeto y aprecio hacia el OIEA, y mi escepticismo acerca de los bancos de combustible no significa que yo dude de las intenciones del organismo de administrar adecuadamente las instalaciones. Al contrario, mi recelo proviene de dos problemas: las motivaciones que llevaron al establecimiento de los bancos y la influencia que varios Estados con armamento nuclear podrían ejercer sobre las instalaciones debido a sus contribuciones financieras.

¿Se establecieron los bancos de combustible únicamente para ayudar a los Estados nucleares emergentes a que desarrollasen sus sectores energéticos? O por lo contrario, lo que parece plausible, ¿fue mayormente para responder a las amenazas de proliferación, disminuyendo las posibilidades de que los Estados sin armamento nuclear establecieran programas integrales de energía nuclear? En efecto, si la no proliferación no era la meta principal, ¿por qué Estados Unidos y las otras naciones se han esforzado y han gastado en negociaciones, financiamiento y en la creación de los bancos de combustible? También se podría plantear si hubo el deseo de parte de las naciones del Grupo de Proveedores Nucleares de limitar el número de naciones capaces de proporcionar servicios de combustible nuclear, creando de esta manera un oligopolio en el mercado de uranio poco enriquecido.

Estas preguntas naturalmente levantan dudas sobre el funcionamiento de los bancos de combustible. Por ejemplo, en sus negociaciones para acuerdos de cooperación nuclear, Estados Unidos a menudo ha intentando limitar la capacidad de otras naciones de usar equipo y materiales adquiridos bajo los acuerdos sobre las actividades para el enriquecimiento y reprocesamiento. Por lo tanto, ¿cómo pueden estar seguros los países en desarrollo de que si llegasen a requerir suministros de emergencia de uranio poco enriquecido, no estarían sujetos a la presión política de los Estados Unidos a que renunciaran a sus derechos a ciclos de combustible? Si el suministro de combustible del banco de LEU llegase a niveles bajos, ¿se podría confiar en que los Estados proveedores lo abastecerían? Y si las reservas de alguna instalación se agotasen debido a una mayor demanda de lo normal, ¿podría algún país sin capacidad de enriquecimiento estar seguro de que los Estados con dicha capacidad le proporcionarían su combustible correspondiente?

Existen serias preguntas rodeando las motivaciones que han llevado al establecimiento de los bancos de combustible, y esto inevitablemente levanta sospechas sobre las operaciones del banco de combustible. Hasta que se responda a las preguntas y dudas de manera satisfactoria, opino que será muy difícil aceptar el concepto de un banco internacional de combustible nuclear. Los bancos de combustible regionales, por otro lado, podrían presentar garantías de que responderán a las dudas y preocupaciones arriba mencionadas, y por ende, podrían encontrar una mayor aceptación entre los Estados nucleares emergentes.