08/20/2013 - 09:27

¿Es mejor controlar que eliminar?

Mis colegas, en sus primeros ensayos de la Mesa Redonda, describieron de manera bastante diferente sus experiencias con la conversión de reactores de investigación, o con el intento de convertirlos de uranio altamente enriquecido (HEU) a uranio poco enriquecido (LEU). El relato de Pablo Cristini sobre la conversión en Argentina presenta una situación en donde un país en desarrollo posee la capacidad independiente de convertir un reactor a LEU: el conocimiento local es suficiente para llevar a cabo el proyecto, y el gobierno de la nación ofrece el apoyo adecuado. El ensayo de Alexandr Vurim sobre la conversión en Kazajistán muestra una situación en la cual la instalación nuclear está capacitada para llevar a cabo la conversión, pero las restricciones de naturaleza nacional e internacional podrían prevenir que esto suceda. Obstáculos como aquellos a los que se enfrenta Kazajistán pueden ser muy difíciles de sobrepasar, a menos que los beneficios de la conversión convenzan a los diseñadores de políticas.

La experiencia de Sudáfrica con la conversión a LEU en su reactor de investigación SAFARI-1 es mucho más parecida a la situación argentina que a la de Kazajistán. En Sudáfrica, como en Argentina, fue posible resolver todos los problemas técnicos a nivel local, y los esfuerzos de la conversión sudafricana se vieron beneficiados por la estrecha cooperación gubernamental en el ámbito legal y regulatorio. Las circunstancias financieras en ambos países, sin embargo, parecen haber sido bastante diferentes.

Para empezar, la exportación de molibdeno 99 de Sudáfrica es significativamente mayor que la de Argentina, por lo tanto, las consideraciones comerciales jugaron un papel muy importante durante las deliberaciones en Sudáfrica. Además, aunque el departamento de energía de la nación proporcionó gran financiamiento para la conversión, Sudáfrica también acogió la ayuda estadounidense para la investigación y desarrollo. Esta ayuda se manifestó en evaluaciones del procedimiento local para la fabricación de productos de LEU y con sugerencias para mejorarlo, así como también mediante cálculos teóricos sobre el rendimiento de combustible y de placas para blancos. (Esta ayuda la proporcionó, por ejemplo, el Laboratorio Nacional de Argonne).

Sin embargo, aún persiste un problema. El SAFARI-1 completó el proceso de conversión a combustible de LEU en el 2009 y a blancos de LEU en el 2010, pero las autoridades regulatorias aún no han otorgado el permiso a la Corporación de Energía Nuclear de Sudáfrica para que las fábricas de blancos y de combustible HEU empiecen a producir versiones de LEU. Por lo tanto, la corporación de energía nuclear en la actualidad debe importar placas de LEU para blancos y para el montaje de combustible y de barras de control. Esto representa una pérdida de autosuficiencia comercial no deseable

No es muy convincente. Como ya mencioné en mi primer ensayo, los reactores de investigación en el mundo en desarrollo hacen frente a una serie de consideraciones complejas cuando tienen que decidir si deben convertir a LEU, y las instalaciones donde aún hay combustible y blancos de HEU, en algunos casos, continuarán atrasando la conversión, a menos que la comunidad internacional los llegue a persuadir de manera muy convincente. Se puede ofrecer ayuda a los reactores para la exportación de radioisótopos, y los diseñadores de políticas entienden esta clase de incentivo comercial bastante bien. Pero los argumentos de no proliferación que los países en desarrollo utilizan a favor de la conversión a veces son menos convincentes. Esto es verdad en especial cuando la conversión de un reactor es muy difícil. Por ejemplo, (claro que no es un país en desarrollo) el Forschungsreaktor Munchen-II de Alemania. Ahí la conversión parecía imposible a menos que se pudieran resolver problemas técnicos difíciles que involucraban la densidad de combustible. Cuando problemas de esta índole complican la conversión en reactores, sin duda es adecuado considerar los sistemas de seguridad que la nación utiliza para el material nuclear, en vez de intentar forzar la conversión en todos los casos. Una pregunta que planteé en mi primer ensayo también es relevante aquí: ¿por qué la distinción entre uranio poco y altamente enriquecido no podría ser aumentada a algo mayor de un 20 % de uranio 235? Desde mi punto de vista, el nivel de enriquecimiento de un 30 % sería bastante seguro desde la perspectiva de no proliferación.

Surgen preguntas nuevas entonces. Para empezar, ¿qué constituye una minimización eficaz de HEU? ¿Cuánto HEU, en manos de un país o instalación en particular, se considera inaceptable? ¿Cómo se responde a esta pregunta cuando el combustible es nuevo y cómo se responde cuando el combustible es gastado?

¿No contribuirían más los países en desarrollo en contra de la proliferación al centrar sus esfuerzos y financiamiento para controlar de manera adecuada el uranio altamente enriquecido -- ya sea en sus propias instalaciones o en instalaciones con más riesgos en el mundo en desarrollo -- que al intentar eliminar todo el uranio enriquecido que sobrepasa un umbral en particular?