10/03/2013 - 05:54

Provocando un temor racional

La segunda ronda de esta discusión se ha enfocado en las maneras en que los temas humanitarios pueden ser incorporados de la mejor manera posible en los argumentos de que las armas nucleares deben ser abolidas. Como co-presidente de la Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear (IPPNW, por sus siglas en inglés), a menudo se espera de mí que plantee tal argumento. Desde el punto de vista de IPPNW, las armas nucleares deben ser abolidas precisamente por las consecuencias humanitarias. Pero lo que es sorprendente, tomando en cuenta los argumentos sólidos a favor del desarme, es que estos argumentos a veces generan reacciones negativas.

Es fácil presentar un caso humanitario. Los números de muertes a escalas masivas siempre son repugnantes, pero más aún cuando no es por causa de desastres naturales, sino por beligerancia o locura. Cabe tan sólo señalar a Hiroshima y Nagasaki para ilustrar el sufrimiento que acompaña a la guerra nuclear –los cuerpos calcinados, la mirada nublada de ojos ciegos o la incapacidad de respuesta de los sistemas municipales para proporcionar ayuda a los que más la necesitan. En dichas situaciones, hasta los supervivientes podrían sentir envidia de los muertos. Y no estoy ni siquiera teniendo en cuenta los efectos a largo plazo de las detonaciones nucleares, tales como la hambruna, "el invierno nuclear", los nuevos tipos de cánceres emergentes y los defectos congénitos generalizados.

Los trabajadores de salud pública, que conocen demasiado bien la fuerza explosiva, aunque en menor escala de la que sería generada por una detonación nuclear, están bien posicionados para contribuir al discurso público sobre el armamento nuclear y las consecuencias humanitarias. Los doctores que participan en la Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear intentan advertirle al mundo sobre un posible desastre nuclear –para provocar un miedo racional. Esto se puede llevar a cabo a un nivel científico, por ejemplo, al presentar estudios sobre el cáncer de piel causado por la precipitación radioactiva. También se puede hacer a un nivel humano, al presentar testimonios de los Hibakusha (palabra japonesa que designa a los supervivientes de la bomba atómica), incluyendo a los doctores.

Todos estos argumentos mandan un mensaje convincente. Sin embargo, los activistas de la salud pública podrían enfrentarse a reacciones sorprendentes por parte de algunas audiencias. Y no me refiero a belicistas que de manera cínica ignoran las pruebas que exigen que se prohíban las armas nucleares. Y tampoco me refiero a aquellos en el ámbito de defensa y protección que utilizan las doctrinas de disuasión para justificar la existencia continua de las armas nucleares, o a los que señalan su uso potencial como misiles antibúnkers.

Por lo contrario, me refiero a aquellos que, cuando se les recuerda a Hiroshima y Nagasaki, argumentan que esos bombardeos no tienen nada que ver con el presente, que fueron eventos excepcionales en un pasado muy lejano. O a aquellos que, cuando se les habla del sufrimiento de los Hibakusha, consideran que es una táctica repugnante para crear miedo(algunos hasta creen que las víctimas de los bombardeos atómicos, que osaron luchar contra el poderoso Estados Unidos de América y sus aliados, merecen ese destino). Los especialistas en salud pública que hacen campaña en contra de las armas nucleares podrían ser acusados de provocar miedo o tachados como profetas del día del juicio final.

Aquellos que se oponen a la abolición nuclear a menudo señalan que las armas nucleares no han sido utilizadas en una guerra desde 1945. Pero esto es pura suerte, y no se garantiza que la suerte perdure para siempre. La posibilidad de una aniquilación a grande escala, o hasta a nivel global, es real –sería posible con tan sólo una equivocación. Y a menos que las personas puedan, como Bertrand Russell y Albert Einstein les instaban en 1955, "a recordar [su] humanidad y a olvidar el resto", los hongos atómicos podrían tener la palabra final.