10/17/2013 - 04:20

Una relación distinta con la naturaleza

Las negociaciones multilaterales para la reducción de emisiones de carbono no están logrando sus objetivos. De acuerdo con el Informe de Disparidad de Emisiones de 2012 del Programa de Medio Ambiente de la ONU, las emisiones globales de dióxido de carbono representaron 49 gigatoneladas en 2010. Si vamos a limitar el calentamiento global a 2 Celsius –seguiría siendo un aumento perjudicial— las emisiones deben ser reducidas a alrededor de un 44 % de gigatoneladas para el 2020. ¿Qué están haciendo las naciones para alcanzar esta meta? Muchas están comprometiéndose de manera no vinculante en contra de las emisiones y a menudo expresan estos compromisos en varios niveles, desde los menos ambiciosos hasta los más ambiciosos. El Programa del Medio Ambiente de la ONU reconoce que si las naciones sólo cumplen con los compromisos menos ambiciosos mientras se aplican reglas indulgentes de contabilidad, las emisiones globales en el 2020 representarán aproximadamente un 57 % de gigatoneladas de carbono. Esto es tan sólo una gigatonelada menos de lo que resultaría al seguir haciendo lo mismo que ahora. Es decir, todos los esfuerzos realizados en las conferencias climáticas en Copenhague, Cancún, Durbán y Doha reducirían las emisiones de carbono menos de un 2 por ciento si lo compararan con los esfuerzos actuales. Aún si las naciones alcanzaran sus metas más ambiciosas y se sometieran a reglas estrictas de contabilidad, de todas formas las emisiones se reducirían tan sólo 6 gigatoneladas de las proyecciones normales.

¿Por lo tanto, que deberían intentar lograr las negociaciones patrocinadas por la ONU? Primero, la meta de emisiones para el 2020 debe ser claramente definida: 44 gigatoneladas de dióxido de carbono es una meta razonable, aunque se preferiría una cantidad mucho más baja. Esa cifra, dividida por la población pronosticada para el 2020 –aproximadamente 7.700 millones— arrojaría alrededor de 5,7 toneladas métricas de emisiones de dióxido de carbono per cápita.

El siguiente paso sería establecer una meta de emisiones per cápita por cada país. Esto debería calcularse basándose en los principios subyacentes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático –la equidad y las responsabilidades comunes, pero diferenciadas. Las naciones con la mayor responsabilidad del aumento en la atmósfera del carbono actualmente tendrían que reducir sus emisiones. A aquellos con menos responsabilidad histórica se les daría más espacio para el desarrollo económico. Y como la mayoría de los países desarrollados pueden externalizar sus emisiones, las metas nacionales per cápita deben tomar en cuenta tanto el consumo, como las emisiones. Por ejemplo, si una nación europea importa bienes manufacturados de un país en vías de desarrollo, no tiene sentido que cuenten las emisiones generadas en el proceso de manufactura completamente en contra del país en vías de desarrollo.

Todos los países deben de comprometerse de manera vinculante con las metas de emisiones per cápita. No debería existir un "sistema de compromiso y evaluación" –un sistema que, en vez de exigir límites negociados de emisiones, permite compromisos voluntarios. Ningún país debe estar exento de límites de emisiones, sin importar cuan desarrollado o subdesarrollado sea. A corto plazo, algunas naciones reducirían más emisiones y otras no tendrían que reducirlas tanto. Hasta a algunas naciones se les permitiría aumentar sus emisiones por un plazo de tiempo, pero debe ser claro cuando tendrían que empezar a reducir sus emisiones y en qué medida.

Para garantizar que los compromisos sean verdaderamente vinculantes, se debería establecer un tribunal climático de justicia con facultades sancionadoras. El principio de la responsabilidad común pero diferenciada, debería ser aplicado al cumplimiento, como debería suceder con las emisiones: Las naciones que han arrojado la mayoría del carbono en la atmósfera en el pasado deben sufrir las mayores consecuencias si no cumplen con sus compromisos, mientras que aquellas con la menor responsabilidad histórica deben sufrir sanciones muy leves.

Ningún estado debería tener la posibilidad de evadir su compromiso vinculante mediante reducciones compensatorias y mecanismos del mercado de carbono. Las iniciativas como la reducción de emisiones asociadas a la deforestación y la degradación de bosques en otros países o la promoción de "la agricultura climática inteligente" y los proyectos “carbono azul” son problemáticos, no sólo porque crean permisos para contaminar pero también porque los "créditos de carbono" son derivados financieros que podrían contribuir a la crisis especulativa financiera.

Además, los acuerdos climáticos deberían garantizar que por los menos dos tercios de las reservas comprobadas de combustibles fósiles en el mundo permanezcan bajo tierra. Esto concuerda con la perspectiva de la Agencia Internacional de Energía que una cifra inferior a un tercio de las reservas comprobadas pueda ser consumida de manera segura antes del 2050.

Finalmente, el derecho al desarrollo –el cual las Naciones Unidas reconocen en su Declaración sobre el Derecho al Desarrollo— no debe ser considerado como el derecho a contaminar en la misma medida que aquellos que contaminaron en el pasado. En la mayoría de los países, donde la pobreza es un resultado de la concentración de riqueza en pocas manos, eliminar la pobreza ni siquiera requiere el desarrollo. La tarea principal para responder a la pobreza es la redistribución de la riqueza a niveles nacionales, regionales y globales. Debe entenderse que el derecho al desarrollo comprende satisfacer las necesidades fundamentales de las personas, no que sea un derecho para buscar un modelo de desarrollo que no tome en cuenta los límites de la Tierra.

Poniéndole fin al crecimiento sin límites. Las negociaciones climáticas hacen que el progreso sea lento, pero no es debido a que la ciencia climática no sea convincente o porque carezca de concienciación pública. Al contrario, las élites y las corporaciones multinacionales se han adueñado de las negociaciones. Aunque los diplomáticos de varios países entienden que las emisiones de gases de efecto invernadero aún son muy altas debido al consumismo y la búsqueda de crecimiento económico, muy pocos están dispuestos a discutir los cambios en el sistema económico que impulsan el cambio climático.

Si va a responder al cambio climático de manera significativa, el mundo debe de abandonar el paradigma del crecimiento sin límites que se basa en el sistema capitalista. Las naciones deben de abandonar la competencia absurda entre ellas y en cambio deberían promover la solidaridad entre las personas. Las economías que quieren crecer más allá de los límites permitidos de la naturaleza tarde o temprano se colapsarán, y los sistemas democráticos no podrán sobrevivir si no crean una relación distinta con la naturaleza. Los gobiernos que tratan a la naturaleza como un objeto, también explotarán a las personas, tratándolas como meros consumidores o fuentes de capital.

La crisis climática no puede ser resuelta por medio de parches tecnológicos como los biocombustibles, la energía nuclear, los cultivos genéticamente modificados, la absorción y el almacenamiento de carbono o la geoingeniería. Estos métodos peligrosos sólo socavan aún más los ciclos de la naturaleza. En efecto, para responder al cambio climático y otros temas acuciantes a los que se enfrenta el mundo, los seres humanos deben adoptar ciertas actitudes en la vida previas al capitalismo –como lo expresa, por ejemplo, la filosofía de vivir bien. De acuerdo a esta serie de principios, vinculados a la gente indígena de América Latina, los humanos son una parte integral de la naturaleza; las personas y la naturaleza no son dos entidades separadas. El objetivo principal de vivir bien es llegar a un equilibrio, en vez de crecer a costa de los demás o de la naturaleza. "Vivir bien" significa vivir en armonía con la naturaleza y con las demás personas, complementándose en vez de compitiendo entre sí. ¿Qué es lo que indica vivir bien sobre el cambio climático? Que los seres humanos que se enfrentan a este reto, deben recuperar su humanidad y cambiar de manera fundamental su relación con la naturaleza.