10/28/2013 - 04:10

Cuando el temor es racional, pero perjudicial

En su ensayo de la tercera ronda, Siddharth Mallavarapu —respondiendo a mi declaración previa de que ahora es el momento para un plan de acción para el desarme, sin necesidad de aportar argumentos adicionales a favor de ello— señaló "que un plan de acción no puede separarse del argumento". Tiene razón y, a lo mejor, exageré mi perspectiva en mi previo ensayo. Efectivamente, el mejor método para la abolición del armamento nuclear es un plan de acción vigoroso respaldado por argumentos sólidos.

La existencia del armamento nuclear constituye una amenaza psicológica para todos en el planeta. Esto también se aplica a otras armas de destrucción masiva —biológicas o químicas— que, a pesar de que su potencial destructivo es menor que el del armamento nuclear, son más fáciles de fabricar. Las armas de destrucción masiva no hacen una distinción entre blancos militares o civiles y nadie puede sentirse realmente seguro mientras perduren. Es perjudicial para la mente humana tener que enfrentarse a una amenaza constante debido a la posibilidad de que un estado con armamento nuclear que caiga en la locura, tenga un accidente o un cálculo errado, podría iniciar una guerra nuclear o que terroristas podrían acceder al armamento nuclear. Robert Mtonga escribió en la segunda ronda que los partidarios del desarme deben provocar temor racional en los demás y está en lo cierto. Pero nadie se beneficia de una situación donde el miedo es racional y necesario.

Evidentemente, la existencia de armas de destrucción masiva conlleva consecuencias más allá de las consideraciones psicológicas. Por ejemplo, la existencia de armas de destrucción masiva significa que las naciones deben ejercer un estricto control en sus fronteras; si no, el contrabando ilícito de bienes permitiría que las naciones se convirtieran en promotores de la proliferación nuclear o les otorgaría a los terroristas acceso a materiales peligrosos. Este alto nivel de control estanca el comercio y desalienta el turismo, además de presentar un obstáculo a la cooperación entre naciones.

El flagelo de la guerra. Más de dos décadas después del fin de la Guerra Fría, el arsenal nuclear del mundo aún contiene más de 17.000 ojivas nucleares (incluyendo aquellas que ya no se utilizan, pero que no han sido desmanteladas). Estas armas, que han sido utilizadas en guerra dos veces, tienen el potencial de destruir la civilización humana en cualquier momento.

Como ya lo discutí en la primera ronda, utilizar el armamento nuclear infringiría el derecho internacional humanitario. La simple existencia del armamento va en contra del punto principal de la Carta de Naciones Unidas, cuyo propósito principal es "salvar a las próximas generaciones del flagelo de la guerra". La Cruz Roja Internacional y el Movimiento de la Media Luna Roja han señalado "el sufrimiento humano inexpresable que causan [las armas nucleares], ... la amenaza que representan al medioambiente y al futuro de las generaciones y el riesgo de intensificación que crean". El Movimiento ha determinado que "cualquier capacidad de respuesta humanitaria adecuada" aún es carente. Desde la perspectiva de la mayoría de las personas en mi región en América Latina, el uso de armamento nuclear sería nada menos que un crimen de guerra. Por lo tanto, los países en vías de desarrollo —que sufrirían las consecuencias humanitarias de una detonación nuclear aún si no fuesen el blanco de un ataque— deben ejercer presión sostenida para el desarme sobre los países que conservan arsenales nucleares.

Durante la conferencia en Oslo en marzo de 2013 sobre los impactos humanos por causa de detonaciones nucleares, los representantes de varias naciones enfatizaron que la única garantía en contra del uso de armas nucleares es su eliminación completa. En febrero de 2014 habrá una conferencia de seguimiento en mi propio país, México. Ésta le dará al mundo otra oportunidad para abolir las armas nucleares. La labor a realizar debe comprender tanto argumentación como un plan de acción concreto.