11/27/2013 - 05:24

Una lucha que no se puede perder

Durante esta mesa redonda, se dio inicio a las negociaciones en Varsovia que involucraron a 193 naciones sobre el cambio global climático. Justo unos días antes el tifón Haiyán había azotado a Filipinas, dejando a miles de muertos y aproximadamente 4 millones de desplazados.

Se podría esperar que un tifón igual de poderoso que Haiyán provocaría mayor urgencia en las negociaciones climáticas (aunque no sea posible adjudicar un sólo evento climático al calentamiento global). Se podría esperar que las naciones prometieran mayores reducciones de sus emisiones de carbono y que los países desarrollados se comprometieran con apoyos significativos para iniciativas tales como el Fondo Verde contra el Cambio Climático. Sin embargo, las negociaciones en Varsovia retrocedieron. Japón, el quinto país emisor de carbono del mundo, se retractó de su compromiso previo de reducir para el 2020 sus emisiones a un 6 % inferior a los niveles de 1990; ahora estas emisiones aumentarán un 3 % superior a los niveles de 1990. Mientras tanto, las cifras presentadas durante la conferencia de Varsovia demostraron que hasta ahora en el 2013 los compromisos para los fondos internacionales para el cambio climático son un 71 % inferiores a los del mismo periodo en 2012. La respuesta a Haiyán ha sido mucho peor que la práctica normal.

Cuando me quejo con los negociadores sobre mi decepción por las negociaciones climáticas, algunos me dicen: "simplemente es como funcionan las negociaciones". La negociación de un compromiso de emisiones, mucho más un compromiso no fijo, lleva tiempo y es difícil y los negociadores, quienes reciben instrucciones de sus capitales, no tienen la autoridad para mover las negociaciones hacia adelante por su cuenta. Otros señalan que no tiene sentido pedirles a las naciones que hagan más de lo que están dispuestos a hacer y, efectivamente, un nuevo tratado climático tendría que elaborarse de acuerdo a las agendas de Estados Unidos y China (aunque dicho acuerdo, en efecto, sería elaborado de forma que quemaría el planeta). "En algún momento", dicen los demás, "los gobiernos reaccionarán por la crisis climática". ¿Pero cuándo será esto? ¿Cuántas personas más deberán morir? ¿Y qué pasa si los países reaccionan demasiado tarde para poder reducir el calentamiento a un nivel tolerable?

El problema del cambio climático no se resolverá mediante las negociaciones internacionales climáticas. No hay esperanza en el gobierno, que se centra más en las próximas elecciones u otros imperativos políticos, que han sido cautivados por las corporaciones y las élites. A las élites simplemente no les interesan los tifones devastadores y cosas de esa índole. Si el cambio climático empezara a incomodarlos, sólo tendrían que tomar un avión e irse a un lugar diferente en el mundo, comprar una nueva casa y empezar un nuevo negocio.

La esperanza yace en las personas y las soluciones climáticas deben manifestarse en las calles de Washington, Beijing y demás. Las personas deben darse cuenta que la justicia climática les incumbe no sólo a los defensores del medio ambiente y a los activistas climáticos, sino a todo el planeta. Debe importarles porque la gobernanza democrática y el empleo a largo plazo no son compatibles con sociedades cuya relación con la naturaleza esté completamente fuera de equilibrio. Las economías que crecen más allá de los límites permitidos por la naturaleza tarde o temprano colapsarán.

Las políticas climáticas nacionales y globales sólo surtirán efecto cuando los movimientos sociales fuertes empiecen la lucha –a lo largo y ancho de los países, de los continentes y en todas las dimensiones económicas, políticas y medioambientales. Esta lucha debe acoger metas concretas, tales como cerrar las minas de carbón,  parar la construcción de gaseoductos, frenar los proyectos de hidrofracturación, gravar el carbono, preservar los terrenos indígenas y ponerle fin al acaparamiento de tierras. Estas metas deben alcanzarse mediante varios métodos, desde la presión política, al boicot de los consumidores, hasta la desobediencia civil y las huelgas de hambre. La ventaja más grande del capitalismo es la inercia, y para superarla se requerirá que se involucren los trabajadores, los campesinos, la gente indígena, las mujeres, los jóvenes, las comunidades de fe, los migrantes, los intelectuales, los artistas y los activistas de derechos humanos.

La lucha involucra tanto parar la locura climática como crear un mundo donde los seres humanos y la naturaleza sean respetados. Esta es una pelea que no debemos perder.