12/12/2013 - 16:18

Cooperar o perecer

Pablo Solón argumentó en su tercer ensayo de la ronda que "el problema climático no se resolverá mediante las negociaciones internacionales climáticas", y debo decir que estoy de acuerdo. O, en todo caso, es evidente que no se evitará el peligroso cambio climático sólo mediante las negociaciones.

No estoy diciendo que la guerra podría resolver este problema. Sin embargo, si el mundo no implementa medidas que salven al planeta y que también salven a los pobres, un conflicto será inevitable. El cambio climático ya está generando inseguridad alimentaria e hídrica y sólo es necesario ver el caso de Darfur para entender como la inseguridad contribuye al conflicto. Por otro lado, el riesgo de una guerra puede ser reducido marcadamente mediante la cooperación en temas tales como el agua, como lo detalla un informe reciente por el tanque de ideas, Strategic Foresight Group. Por lo tanto, no son necesarias las negociaciones, sino más –y más eficaz— cooperación.

Cuando las naciones luchan por un mayor crecimiento económico y miden su éxito por el producto interno bruto per cápita, se adhieren a teorías económicas que se basan en un panorama incompleto del comportamiento humano. Estas teorías no toman en cuenta el potencial humano para la resolución de problemas mediante la colaboración. No reconocen que la interdependencia económica y la interdependencia de los recursos naturales pueden proporcionar mayores beneficios.

Algunos le darían un matiz romántico a la cooperación entre naciones, pero, en efecto, la cooperación es un método pragmático afianzado en varios sistemas naturales. La cooperación supone trabajar juntos hacía una meta común que aportará recompensas mutuas; no hay perdedores o ganadores concretos. Este método es un contraste marcado de la actitud económica neoclásica que valora ante todo la maximización de ganancias.

Si el universo entero –un lugar con recursos ilimitados, incluyendo la energía— fuera el terreno de juego de los seres humanos en vez del planeta Tierra, el cambio climático jamás habría emergido como una preocupación de esta generación. Pero como los humanos sí viven en un planeta, y como han desarrollado un nivel de concienciación que da lugar a ciertas nociones como los derechos humanos universales, la cuestión es la siguiente: ¿Por qué continúan su curso normal las naciones en el marco ambiental cuando este método está evidentemente fallando? Cada año, las naciones se reúnen. Las naciones realizan negociaciones. Y cada año demuestran que no han podido aprender de la naturaleza misma: no se dan cuenta que sólo pueden responder al cambio climático con la cooperación y con nada más.

La cooperación debe empezar con el reconocimiento de que los humanos hoy en día representan la única solución posible al cambio climático. Las generaciones futuras exigen que la generación actual responda al problema. Las otras especies que habitan el planeta también exigen lo mismo. Señalar la culpa por el cambio climático de cierta manera es poco importante; lo que importa es la capacidad colectiva de la humanidad para resolver el problema.

Cada vez es más evidente que la solución al cambio climático no yace en los métodos egoístas que cuentan con que ciertas partes se beneficien a costa de los demás. Una actitud cooperativa, en vez de una actitud de suma cero, hacía el clima –aunque no resolvería el problema global de cómo se distribuiría la riqueza equitativamente— por lo menos garantizaría que todo ser humano goce del derecho a comida, abrigo y, en efecto, a existir.