12/17/2013 - 06:26

Salir del hoyo

En los países en vías de desarrollo, los costos y los beneficios de la producción energética raramente se comparten de manera equitativa. Un ejemplo en particular es la represa Pak Mun de Tailandia. Este proyecto genera únicamente la electricidad suficiente para proporcionarle energía a un centro comercial grande en Bangkok, y la Comisión Mundial de Represas ha dictado que no es  económicamente justificable. La construcción de la represa desplazó a 1.700 familias y, al perturbar  al sector pesquero, afectó la subsistencia de 6.200 hogares.

Es alentador que la clase media en los países en vías de desarrollo demuestra una mayor concienciación medioambiental, pero si esta concienciación continúa siendo superficial, el resultado denotará una actitud de "en mi casa, no". Esto puede producir un "apartheid verde", en el que las zonas ricas se benefician de los proyectos energéticos sucios ubicados lejos de ellas. Por ejemplo, Tailandia —una nación próspera en comparación con algunos de sus vecinos— deriva su electricidad cada vez más de las represas destructivas o de las centrales eléctricas contaminantes ubicadas en Laos, Camboya y Myanmar (países con leyes medioambientales y mecanismos de cumplimiento permisivos). Para muchos tailandeses, las consecuencias negativas de estas instalaciones siguen el dicho, "ojos que no ven, corazón que no siente".

Todo esto parece indicar que la clase consumidora se beneficia injustamente a costas de los pobres. Sin embargo, en Tailandia la realidad es que las inversiones energéticas son impulsadas por la avaricia de las corporaciones y no por las preferencias de la clase media tailandesa. Como la mayoría de los planificadores energéticos de alto rango en el gobierno forma parte de las juntas de las compañías energéticas privatizadas, se distorsiona el planeamiento y se elaboran proyectos innecesarios en masa. Unos pocos se benefician de esta combinación corrupta de dinero y política Se cautiva así a los consumidores quienes apoyan a empresas energéticas innecesarias y destructivas. Por lo tanto, no es justo caracterizar de hipócritas a las preocupaciones medioambientales de la clase media, así como tampoco es justo declarar “en contra del desarrollo” a las preocupaciones medio ambientales de los pobres.

Distribución desigual. El flujo de energía de las zonas pobres hacia las zonas ricas es común dentro de los países, entre países y entre los países desarrollados y en vías de desarrollo. Pero paradójicamente, los países de donde se exportan recursos energéticos son frecuentemente pobres en materia energética. En Myanmar, por ejemplo, sólo un 26 por ciento de la población tiene acceso a la electricidad,  y aún así es de manera intermitente. Sin embargo, según el informe del 2012 brindado por el Banco Asiático de Desarrollo, más de la mitad de los suministros energéticos del país se exportan.

Mundialmente, décadas de desarrollo económico han generado mucha energía y muchas ganancias, pero ninguna de ellas se distribuye equitativamente. Cerca de 1.300 millones de personas alrededor del mundo carecen de electricidad, mientras que un 46 por ciento de la riqueza mundial se concentra en el 1 por ciento de las personas más ricas. Los proyectos energéticos, lejos de brindarles acceso a servicios modernos de energía a los pobres, a menudo los desplazan y los dejan en un medioambiente contaminado o degradado.

La pobreza existe no porque el mundo tiene muy poca riqueza, sino porque el sistema económico mundial es injusto. Como dijo Mohandas Gandhi, "el mundo tiene lo suficiente para satisfacer las necesidades de todos, pero no para la avaricia". Si uno fuera a visualizar la economía mundial en tres dimensiones, casi se vería como una pirámide, pero con un pico muy alto y puntiagudo y con una base muy ancha. El 1 por ciento más rico ocuparía la parte superior y los pobres se acumularían en la parte inferior. Este sistema funciona mientras que las personas en el pie sean apaciguadas por promesas de confort, conveniencia, movilidad y novedad en el futuro. Pero en algún momento, ya sea por la desigualdad inaguantable, la escasez de recursos, el cambio climático o la acumulación de otros pesares medioambientales, la fiesta de la globalización llegará a su fin.

Y sí, el mundo debe esforzarse más para satisfacer las necesidades básicas de las personas en la base de la pirámide económica. Pero en un mundo limitado, estas necesidades no pueden satisfacerse si se sigue el camino de crecimiento económico interminable y si la demanda de energía continúa creciendo. En efecto, el consumo de combustibles fósiles debe ralentizar precipitadamente  —tanto en naciones desarrolladas como en vías de desarrollo— si la humanidad busca evitar una catástrofe climática.

Pero será tremendamente difícil dejar de utilizar los combustibles fósiles. Estos combustibles, además de proporcionar energía, se han vuelto partes esenciales de todo, desde fertilizantes sintéticos hasta plásticos. Los combustibles fósiles son máquinas de generación y acumulación de capital. Ahorran tiempo y trabajo, son las bandas del comercio internacional, varas para medir el progreso, supuestos garantes de seguridad nacional y drogas adictivas disfrazadas de proveedores de conveniencia y confort. Han permitido la reubicación de centrales de producción en cualquier lugar que proporcione trabajo barato. Han permitido la creación de fuerzas laborales móviles y prescindibles. Han hecho de la geografía una abstracción, permitiendo que las corporaciones multinacionales acaparen los recursos en cualquier lado. Son una precondición necesaria para la acumulación de capital basándose en la explotación de trabajo y recursos globales. Los combustibles fósiles están tan arraigados en la economía global que reducir su dependencia requeriría un cambio radical.

Lamentablemente, la solución al cambio climático no puede ser tan simple como cambiar a formas alternativas de energía. Las fuentes renovables de energía y las tecnologías de conservación deben ser exploradas a su máximo potencial donde parezca que tiene sentido económico. Aunque algunos países están acogiendo la energía verde, hasta ahora muy pocos han reducido significativamente sus emisiones de dióxido de carbono. A su vez, a menudo muchos fingen estar de acuerdo con la energía verde o bien esta enfrenta una resistencia absoluta. Simplemente, la energía verde no es una varita mágica para los problemas globales climáticos. Mientras tanto, los proyectos nucleares son muy caros, aún presentan demasiados riesgos medioambientales y de proliferación y tardan demasiado en construirse. La energía nuclear debe quedar en el olvido.

¿Entonces, cómo puede salir el mundo del hoyo de combustible fósil que cavó? Con la construcción de una economía global que se basa en satisfacer las necesidades básicas de las personas, incluyendo aquellas de las generaciones futuras. Los gobiernos, presionados y forzados a rendir cuentas por el público y las organizaciones no gubernamentales, pueden adoptar medidas que ayudarían a crear dicha economía.

Los gobiernos deberían abandonar inmediatamente las políticas que siguen afianzando la economía de combustibles fósiles. No deberían construirse nuevas centrales eléctricas  de carbón o de gas y se debería abandonar los proyectos de las súper carreteras. A su vez, las subastas de concesiones de petróleo deberían cesar y se deberían retirar los subsidios y privilegios fiscales de las industrias de alto consumo energético que sirven primordialmente a los mercados de exportación. También debería dejarse de apoyar a la agricultura de alto consumo de energía y químicos.

Además, deberían gravar impuestos o aumentar los impuestos de las emisiones de carbono, así como también los de las ganancias de capital, los flujos especulativos financieros y legados. Mientras tanto, los impuestos al trabajo deberían reducirse. En general, la recaudación fiscal aumentaría y estos fondos deberían invertirse en la energía verde, la salud, la educación, la preparación de la comunidad  así como también en la reorientación de infraestructuras económicas hacia la autonomía, sostenibilidad y la satisfacción de las necesidades básicas.

Un objetivo a largo plazo de todo esto sería la reubicación económica. Las inversiones serían locales como así también el consumo. Los recursos naturales caerían bajo la administración local. Las ganancias adoptarían la forma de mejoras en la salud, comunidades más fuertes y un ambiente más limpio. Las personas trabajarían no para acumular dinero sino más bien para satisfacer las necesidades reales: sus propias necesidades, las de los demás y las de  los hijos y nietos de todos.