12/19/2013 - 06:01

Es hora de dar pasos más grandes

Desde los años setenta, los sociólogos han observado que los valores de las personas han cambiado de material a pos material a medida que las sociedades prosperan. Es decir, cuando las personas empiezan a creer que se les garantiza seguridad económica y física, prestan más atención a las cosas que antes habrían sido consideradas como lujos, tales como la autonomía y la propia expresión. Este mismo proceso ha ayudado a promover movimientos ambientalistas en el mundo desarrollado. Estos movimientos, que tal vez empezaron como preocupaciones locales por la calidad del aire y del agua, ahora incluyen temas globales como el cambio climático, la deforestación y la pérdida de la biodiversidad.

En los países en vías de desarrollo, por el contrario, el activismo ambientalista a menudo es producto de la pobreza en vez de la riqueza. La lucha que lideró Chico Mendes para conservar las selvas tropicales brasileñas, el movimiento Chipko en el Himalaya para salvar los bosques y proteger los recursos del suelo y del agua y los esfuerzos del pueblo Penan para prevenir la explotación forestal en Malasia son ejemplos de cómo las personas pobres en áreas rurales han peleado para proteger su subsistencia. Pero en los últimos años, el medioambientalismo pos material y medioambientalismo de los pobres han empezado a convergir en algunos países en vías en desarrollo. En naciones tales como la India y Kenia,  las personas educadas de la clase media que buscan una conducta responsable medioambiental se han unido con los pobres para responder a los problemas de sostenibilidad.

Hoy en día, el desafío más grande medioambiental en el mundo es el cambio climático. Desde el comienzo de la Revolución Industrial, los combustibles fósiles han impulsado el crecimiento económico, pero desde la extracción, al procesamiento, al transporte y al uso final, los combustibles fósiles generan emisiones de carbono que el mundo ya no puede costear. Es evidente que los sistemas energéticos deben ser más sostenibles. Además, los sistemas energéticos deben construirse con –aparte de energía eficiente— el uso expandido y amplio de tecnologías energéticas limpias y renovables. Las políticas nacionales energéticas y los cambios de los mercados implicados por estas políticas son esenciales para alcanzar ese cambio.

Para reorganizar los sistemas energéticos, el mundo en vías de desarrollo se enfrenta a un dilema diferente al que se enfrentan las naciones industrializadas. El crecimiento energético y económico están estrechamente vinculados y esto representa problemas para los países donde los niveles de desarrollo son bajos. Los países en vías de desarrollo deben simultáneamente, garantizar el acceso a la energía que se necesita para el desarrollo económico, la gestión de transiciones a sistemas de energía con bajo consumo de carbono y para ayudar a los más vulnerables a lidiar con los efectos del cambio climático. Esto, en esencia, es lo que se conoce como "trilema energético" de seguridad energética, sostenibilidad medioambiental y equidad social. Es imprescindible responder a cada elemento del "trilema", pero es muy complicado responder a todos ellos exitosamente porque los tres elementos están interconectados.

En las próximas décadas, es probable que las naciones de rápido desarrollo representen una mayor porción de las emisiones mundiales de carbono, en particular China, la India y Brasil. Pero para los países más pobres, el mayor reto es todavía el acceso a la energía. Hasta los grandes emisores de carbono en el mundo no han incorporado completamente el cambio climático a sus políticas energéticas; por lo tanto, no debe sorprender que en los países más pobres, la transformación de los sistemas energéticos, por lo general, no es ni una consideración periférica.

Aún así, si los países en vías de desarrollo van a progresar económicamente y brindar equidad social a sus ciudadanos, tarde o temprano tendrán que acoger algún tipo de opinión: una actitud donde la mitigación climática, los sistemas energéticos sostenibles y el desarrollo económico puedan ir mano a mano. Algunos países en vías de desarrollo ya han decidido que la construcción de economías verdes es una meta alcanzable.

China, por ejemplo, en el plan quinquenal que cubre el período de 2011 a 2015, identifica las industrias de energía limpia y las tecnologías vinculadas como "las industrias centrales" (junto con la tecnología de información y biotecnología). Se ha informado que el gobierno chino ha gastado más de $1.700 millones en dichas industrias y tecnologías en el último lustro; así se ilustra esta inversión como un "empuje" del mercado hacia la energía verde y las medidas eficientes como una acción de "atracción". Pero la dimensión de la economía verde de la mitigación climática no es una idea exclusiva de los chinos: por ejemplo, existen marcos similares de políticas en Tailandia y en mi propio país, Malasia.

Ya se empezó a recorrer el camino hacia un sistema energético sostenible, pero las naciones sólo han dado pasos chicos hasta el momento. El ritmo podría aumentar si los proyectes existentes de sostenibilidad se multiplicaran y si los reglamentos alentaran más a las fuerzas del mercado. Además, es importante que los gobiernos fomenten intervenciones a corto plazo que demuestren al público las ventajas de la creación de los sistemas energéticos sostenibles. En Ghana, por ejemplo, los objetivos para la generación energética renovable se han vinculado con el objetivo de proporcionar acceso universal a la electricidad para el 2020. Este tipo de creación de confianza es vital. Durante la crisis financiera y económica de los últimos años, los gobiernos, las empresas y el público han prestado atención a los problemas medioambientales. Puede que la oportunidad de ganancias por la inversión en la energía verde esté en disminución, y si llegara a desaparecer, las implicaciones serían extremamente graves.