01/23/2014 - 05:52

Empezar la vida de nuevo

Adnan Hezri, Ashish Kothari y yo estamos de acuerdo en por lo menos un punto: que el cambio climático representa una amenaza tremenda para la humanidad. Pero para muchas personas, entre las que me incluyo, es difícil enfrentarse a lo que el cambio climático les exige: es difícil imaginar y acoger los cambios radicales de la economía, los patrones de consumo y los sistemas políticos que son necesarios para que se reduzcan suficientemente las emisiones de gases de efecto invernadero (mientras que las necesidades básicas de los pobres del mundo se satisfagan a pesar de ello).

¿Por qué falla la imaginación de esta manera? Hezri sugiere una razón subyacente en el último párrafo del segundo ensayo de la ronda. Hezri señaló que "el decrecimiento económico es una meta medioambientalista que no permitirá que las sociedades prosperen" y que "los medioambientalistas deben aceptar que la vida es para vivirla". Hezri reconoce que las emisiones de carbono deben reducirse, pero la prosperidad y el crecimiento económico, de acuerdo a su entender, son inquebrantables. Cualquier cosa que los amenace pone en peligro que valga la pena vivir.

El hombre moderno ha  recorrido la tierra durante aproximadamente 200.000 años. Los combustibles fósiles empezaron a revolucionar la producción industrial tan solo alrededor de los últimos 200 años. Es asombroso que, en tan poco tiempo, los combustibles fósiles se hayan entrelazado tanto en la vida humana hasta tal punto que muchas personas no pueden imaginarse vivir sin ellos. La industria petrolera (como lo detalla Matthew Huber, profesor de geografía de la Universidad de Siracusa) se ha esforzado en recordarles a los estadounidenses que los productos petroleros saturan sus vidas. La industria ha intentado moldear la política cultural de Estados Unidos orientándola hacia los valores neoliberales como el privatismo, el individualismo y la libertad de elección. El petróleo se ha vuelto un material y una base energética para las personas que aspiran a obtener una casa y automóvil, una vida empresarial y hasta un núcleo familiar. Hoy en día, el éxito y la opulencia del estadounidense mítico, un individuo que se ha superado por su propia cuenta, parece inconcebible sin el petróleo y la petroeconomía. La industria petrolera ha equiparado exitosamente la oposición al consumo ilimitado de petróleo con la oposición a los preciados ideales nacionalistas. Lamentablemente, este punto de vista insidioso de la buena vida no se limita a los Estados Unidos. En los países en vías de desarrollo, los que pertenecen o aspiran a la clase media han acogido esta perspectiva importada.

Para responder adecuadamente a los retos del cambio climático y al acceso energético por parte de los pobres, es vital reconocer que el estilo de vida con ideales neoliberales, con su enfoque en el progreso egoísta de la persona, crea una serie de condiciones indeseables. Estas condiciones incluyen la destrucción planetaria y social, la soledad, la insatisfacción y un entorno de competencia feroz. Afortunadamente, como lo argumentó Dacher Keltner, psicólogo de la Universidad de California en Berkeley, los humanos nacen siendo cariñosos, amables y compasivos. Las visiones más saludables de la buena vida –que enfatizan el amor, la comunidad, la solidaridad, la compasión y la generosidad— han sido aceptadas por muchas culturas durante la mayor parte de la historia humana. Estas visiones y valores deben ser alimentados hasta llegar a la vitalidad y deben servir como contrapeso a la narrativa dominante de la supervivencia del más fuerte.

Sin duda, es más fácil opinar que materializar lo deseado. Para muchas personas, tanto en el mundo desarrollado como en vías de desarrollo, el peso abrumador de la economía y de las políticas neoliberales puede dificultar demasiado el reposicionamiento de la actitud hacia la vida y la búsqueda de nuevo ideales por consiguiente. Por esta razón, las soluciones climáticas tales como el impuesto al carbono deben acompañarse con programas de redes de seguridad para responder a las necesidades y temores de las personas vulnerables.

Los humanos son seres que sienten gran añoranza por la empatía, la conexión y el sentido de pertenecer a algo mayor que ellos. Si actuaran con esta añoranza en mente, las personas podrían desatar su compasión, creatividad y fulgor. Estas cualidades brindan todo lo necesario, aun en un mundo con recursos limitados, para que la humanidad se lance hacia un camino más feliz, cuide más a las cosas vivientes y cure el planeta. Solo cuando los valores de las personas, las comunidades y las economías se armonicen con la naturaleza, los seres humanos podrán experimentar la realización de vidas plenas.