Chernóbil, Fukushima, y la preparación para “la próxima vez”

En un solo día de abril de 1986 un lugar poco conocido llamado Chernóbil pasó trágicamente a la fama. Veinticinco años después, la prefectura de Fukushima tuvo un destino similar. Finalmente, la catástrofe de Fukushima se contuvo mejor que la de Chernóbil, pero si alguna otra central nuclear se ve sacudida nuevamente por una emergencia, es muy probable que no pueda preverse. ¿Las naciones están debidamente preparadas para una impredecible "próxima vez"? A continuación, expertos de Austria, Camerún e India evalúan las mejoras ocurridas en los últimos 30 años en materia de preparación ante una catástrofe en una central nuclear, y debaten sobre cómo esta preparación debe seguirse mejorando.

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Round 1

Grandes progresos desde Chernóbil, y la distancia que todavía falta recorrer

Una catástrofe es un suceso de gravedad y magnitud impredecibles que causa daños demasiado importantes como para permitir una rápida recuperación. Conlleva peligros que escapan a la esfera de lo controlable. De lo contrario, una catástrofe no sería una catástrofe, sino solo una crisis.

Por lo tanto, la clave para manejar las catástrofes es prever, y prepararse, para lo peor. Afortunadamente, a medida que han avanzado la ciencia y la tecnología, también ha progresado la capacidad humana de prevenir y responder a las catástrofes. La naturaleza continúa produciendo sucesos ambientales extremos. Sin embargo, en la actualidad, las actividades riesgosas que los seres humanos llevan a cabo por lo general se diseñan teniendo en cuenta la preparación y respuesta ante emergencias.

Producir energía nuclear es una de estas actividades, pero en más de 60 años de funcionamiento de reactores de potencia -16 000 años-reactor acumulativos- la industria nuclear ha sido testigo de solo dos catástrofes, en Chernóbil y Fukushima. De estas, solo Chernóbil tuvo víctimas mortales, 30 enseguida del accidente y unas dos docenas más en los años siguientes, con más muertes proyectadas a largo plazo. Lo que indican estas cifras es que la industria nuclear da la debida importancia a la seguridad de las operaciones de los reactores. Reconoce bien que incluso dos catástrofes en seis décadas, de las cuales solo una tuvo víctimas mortales, han sido suficientes para generar en la opinión pública percepciones negativas sobre la energía nuclear.

Este problema puede abordarse de tres formas principales. En primer lugar, la seguridad de las operaciones de los reactores puede mejorarse continuamente. En segundo lugar, puede mejorarse la preparación y respuesta ante emergencias. En tercer lugar, pueden comunicarse a la opinión pública las mejoras en ambos frentes. Las catástrofes de Chernóbil y Fukushima dejaron lecciones importantes con respecto a estas tres dimensiones, pero aquí debemos concentrarnos en las mejoras en la preparación ante catástrofes desde la década de los ochenta.

Las mejoras han sido considerables. Chernóbil dio lugar a la creación de un marco legal internacional para la preparación y respuesta ante emergencias, así como un conjunto de procesos regulatorios y directrices oficiales relacionados. Su implementación es una cuestión de responsabilidad nacional. Sin embargo, esta se efectúa de acuerdo con parámetros internacionales que en su mayor parte se establecieron tras Chernóbil, y que en algunos casos fueron objeto de revisión luego de Fukushima.

Medidas adoptadas. El Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) ha sido el organismo principal para el establecimiento de convenciones que especifican directrices para el manejo de emergencias. Luego de Chernóbil, el primero de estos instrumentos en adoptarse fue la Convención sobre la pronta notificación de accidentes nucleares. Dado que Chernóbil había puesto bastante de manifiesto las implicaciones transfronterizas de las catástrofes nucleares, las naciones pusieron en vigor rápidamente la Convención, a fines de octubre de 1986. Simultáneamente se adoptó la Convención sobre asistencia en caso de accidente nuclear o emergencia radiológica, aunque no entró en vigor hasta el año siguiente. Ambos instrumentos impusieron obligaciones específicas a los Estados parte y al OIEA de establecer acuerdos en caso de emergencias nucleares o radiológicas. Estas obligaciones se consolidaron en dos convenciones posteriores: la Convención sobre Seguridad Nuclear y la Convención conjunta sobre seguridad en la gestión del combustible gastado y sobre seguridad en la gestión de desechos radiactivos. Estas cuatro convenciones cubren una amplia gama de actividades nucleares.

Con el transcurso de los años, el OIEA ha publicado un conjunto de normas de seguridad con el objetivo de mejorar las previsiones nacionales en materia de seguridad, preparación y respuesta en centrales nucleares. El organismo trabaja también para asegurar la compatibilidad de los mecanismos y procedimientos nacionales, bilaterales, regionales e internacionales sobre la respuesta ante catástrofes. Luego de Fukushima, se revisaron los Requisitos generales de seguridad del organismo para incorporar las lecciones recién aprendidas. Esto dio lugar a la publicación "Preparación y emergencia para emergencias nucleares o radiológicas", un documento que recomienda normas para la preparación y emergencia. Los países pueden imponer estas normas adoptando leyes y reglamentos, asignando responsabilidades a los operadores nucleares y funcionarios nacionales y locales, y estableciendo marcos regulatorios que permitan verificar la implementación eficaz.

Ahora bien, el OIEA no es en absoluto el único organismo implicado en la mejora de la preparación ante catástrofes. En 1986 se creó el Comité Interinstitucional sobre Emergencias Radiológicas y Nucleares, en reconocimiento de la extrema importancia de la cooperación y coordinación entre organismos. Forman parte de este mecanismo dieciocho organizaciones, tan diversas como el Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares, la Organización Mundial de la Salud y la Organización de Aviación Civil Internacional. El Comité creó un Plan conjunto para el manejo de emergencias de radiación, a fin de armonizar las normas internacionales en materia de preparación y manejo de emergencias. El plan tiene en cuenta una visión común de las funciones, responsabilidades y capacidades de las organizaciones participantes, y establece también un concepto general de las operaciones del grupo para posibilitar respuestas rápidas y coordinadas.

Medidas que todavía es necesario adoptar. Tras lo sucedido en Fukushima, casi todos los países en los que funcionan reactores nucleares examinaron sus sistemas de respuesta ante emergencias, y el gobierno japonés y el OIEA publicaron informes haciendo énfasis en distintas formas de mejorar la preparación para emergencias. Una de estas recomendaciones es que, durante una emergencia, los funcionarios públicos deben poder acceder rápidamente a la opinión científica autorizada y de expertos, para poder tomar buenas decisiones con extrema premura. Si los funcionarios hubieran estado mejor asesorados, podrían haberse evitado algunos errores cometidos durante la emergencia de Fukushima, por ejemplo, en relación con la oportunidad y el alcance de las evacuaciones.

Una segunda recomendación consiste en dar los recursos a los funcionarios para clasificar correctamente la gravedad de un incidente a medida que sucede. De esa forma, pueden activarse lo antes posible los procedimientos operativos estándar correctos. Clasificar a un incidente como menos o más grave de lo que realmente es, puede hacer perder tiempo valioso y credibilidad. En tercer lugar, es de vital importancia proporcionar información precisa en todos los niveles. Si, por ejemplo, los operadores intentan ocultar un accidente (o su magnitud) a las autoridades nacionales e internacionales, lo único que hacen es retrasar la respuesta adecuada. Por ejemplo, en Chernóbil, solo se ordenaron evacuaciones limitadas de la zona afectada, y solo después de transcurridas 36 horas. No hay dudas de que las víctimas inmediatas de Chernóbil fueron muy limitadas en comparación con muchas emergencias no nucleares. Sin embargo, la catástrofe se sintió en el terreno físico, socioeconómico, político y psicológico de los países de la región. Estos efectos se podrían haber reducido, si se hubiera contado con información precisa. Por último, las capacidades ante situaciones de emergencia deben coordinarse a nivel local, estatal y nacional. No obstante, esto solo es posible si los operadores llevan a cabo simulacros periódicos con todas las entidades pertinentes y si las fallas se corrigen rigurosamente.

Elegir, preparar. La energía constituye la esencia del progreso humano. Para los países que procuran contar con abundantes recursos energéticos en el futuro, la energía nuclear es una de muchas opciones. Las naciones harán sus propias elecciones soberanas sobre la energía nuclear, en función de sus propios cálculos. Los países que optan por la energía nuclear entienden bien que es necesaria una abundante infraestructura legal y regulatoria para que las industrias nucleares funcionen de manera segura y sostenible. Un elemento de esta infraestructura es la preparación y respuesta ante emergencias. Corresponde a las naciones mejorar continuamente sus capacidades para el manejo de catástrofes. Afortunadamente, gracias a los mecanismos internacionales y esfuerzos nacionales en materia de preparación para catástrofes, esta tarea, poco a poco, es cada vez más sencilla.

 

Aprender de los accidentes nucleares, expandir la energía nuclear

Aproximadamente el 11 por ciento de la producción de electricidad mundial corresponde a la energía nuclear, y es muy probable que este porcentaje aumente en el mediano plazo, a medida que el mundo intente limitar el dióxido de carbono en la atmósfera y, de ese modo, mitigar el cambio climático. Sin embargo, desde el accidente de Fukushima, la expansión global de la energía nuclear se ha ralentizado, tal como ocurrió tras la catástrofe de Chernóbil. Los accidentes en los reactores de potencia, aun cuando su gravedad sea limitada, pueden generar en la opinión pública una fobia injustificada sobre la energía nuclear.

La catástrofe de Chernóbil de 1986 tuvo muchas causas, inclusive defectos en el diseño del reactor, capacitación insuficiente de los operadores de la planta y falta de una cultura de seguridad nuclear. Unas 30 personas murieron poco después de la explosión a consecuencia del síndrome de irradiación aguda, y desde entonces el número de víctimas mortales ha llegado a unas 56. Todas las muertes prematuras son lamentables. Sin embargo, Chernóbil movilizó a los científicos e ingenieros a mejorar el control electrónico de las operaciones de los reactores y llevó a que mejorara la instrucción en materia de la cultura de seguridad nuclear. Actualmente parece muy baja la probabilidad de que ocurra otro accidente similar a Chernóbil.

El segundo accidente más importante del mundo, 25 años después del primero, fue la catástrofe de Fukushima de hace cinco años. En este caso, las causas fueron sucesos externos, un terremoto y tsunami de gran magnitud. No se notificó ninguna muerte a consecuencia de la radiación, aunque muchas víctimas mortales se debieron a la ansiedad u otros efectos psicológicos. De las 160 000 personas que debieron abandonar el lugar del accidente, unas 60 000 han regresado a sus hogares y otras están volviendo lentamente.

La comunidad nuclear global sigue aprendiendo las lecciones de Fukushima, pero ya está aprovechando estas lecciones para prevenir futuros accidentes. Ahora se toman en cuenta graves riesgos externos al diseñar nuevas plantas de energía nuclear. Se están desarrollando sucedáneos de piezas que fallaron en Fukushima. Se han desarrollado sistemas móviles para proporcionar a las centrales generadoras electricidad o agua de refrigeración cuando fallan sus propios sistemas. Muchos países han sometido a sus instalaciones de energía nuclear a pruebas de resistencia, y muchos han revisado sus marcos legales y de seguridad. Con el liderazgo del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) se han afianzado las normas internacionales sobre seguridad. A nivel internacional, regional y subregional se han establecido redes de reguladores, operadores y proveedores, para mejorar el régimen de seguridad nuclear global. Se han organizado conferencias internacionales que han hecho hincapié en la comprensión del origen y los efectos nocivos del accidente de Fukushima. Como consecuencia, las centrales de energía nuclear de todo el mundo están recibiendo una mejor orientación para reforzar sus medidas de seguridad.

Así pues, tanto el accidente de Chernóbil como el de Fukushima nos han enseñado lecciones que están mejorando la seguridad nuclear. A su vez, la comunidad nuclear internacional está haciendo esfuerzos constantes y eficaces para evitar la pérdida de vidas humanas (aun cuando es imposible excluir esta posibilidad en caso de un grave accidente nuclear). Aun así, siguen existiendo espacios para mejoras adicionales. Debe mejorarse la cooperación internacional entre los operadores de las centrales de energía nuclear. Más naciones deberían participar en las revisiones internacionales por pares de instalaciones nucleares, que la Junta de Gobernadores del OIEA recomendó en un plan de acción de 2011. Estas tareas son una buena medida para fortalecer la cultura de seguridad y obtener la aprobación pública de la energía nuclear, así como para mejorar la preparación y respuesta ante emergencias.

Armonización global. De hecho, en lo que refiere a la preparación y respuesta ante accidentes radiológicos y nucleares, el OIEA ya ha elaborado normas de seguridad específicas. No obstante, sigue siendo necesario armonizar las diferentes formas de abordar la preparación y respuesta ante emergencias en todo el mundo. Todos los países, sin importar si utilizan o no energía nuclear, deberían desarrollar continuamente y mantener sus capacidades de respuesta en todos los niveles, tomando en cuenta los daños que pueden causar los accidentes nucleares o radiológicos a los individuos y al medio ambiente en otros países, tanto vecinos como lejanos.

En muchos países en desarrollo, como el mío, Camerún, la mayor causa de preocupación son las emergencias relacionadas con fuentes radiactivas. Estas emergencias pueden incluir sabotajes a instalaciones nucleares, robos o pérdida de fuentes radiactivas, y accidentes durante el transporte de materiales radiactivos. Sin embargo, cuando ocurren accidentes nucleares o radiológicos, se revisan las normas en materia de preparación ante emergencias, para garantizar que cualquiera de estos eventos se mantenga bajo control en el futuro. La comunidad nuclear internacional es bastante consciente de la necesidad de seguir mejorando el manejo de accidentes nucleares y mitigar las consecuencias negativas para los seres humanos y el medio ambiente.

Con el objetivo de mejorar la preparación de sus Estados miembros ante accidentes nucleares y radiológicos, el OIEA dio a conocer recientemente una nueva herramienta de Internet, el Sistema de gestión de la información sobre preparación y respuesta para casos de emergencia, una "herramienta de autoevaluación" que Elena Buglova, directora del Centro de Respuesta a Incidentes y Emergencias del OIEA, considera que "contribuirá de forma importante a los niveles de preparación de los Estados miembros". Vale la pena también recordar que, en virtud de la Convención sobre asistencia en caso de accidente nuclear o emergencia radiológica, el organismo tiene responsabilidades específicas "en relación con la prestación de asistencia a los Estados para desarrollar sus propios arreglos para la preparación ante emergencias nucleares y radiológicas".

A fin de que la respuesta ante emergencias sea eficaz, también es de vital importancia que la información técnica sobre las plantas de energía nuclear y los accidentes se comparta de forma generalizada. Los operadores, reguladores, proveedores -todas las partes interesadas en las industrias nucleares- solo pueden contribuir debidamente al manejo de accidentes, si tienen acceso a la misma información. La preparación eficaz ante emergencias requiere una perspectiva global.

Cambio de rumbo. En la estrategia global para establecer sistemas de energía sostenibles debe darse una gran prioridad a la energía nuclear. De conformidad con la Agencia Internacional de la Energía y la Agencia para la Energía Nuclear, para el 2050 debe duplicarse la capacidad nuclear global, y la energía nuclear debe suministrar el 17 por ciento de la producción total de electricidad, si el calentamiento global no debe rebasar los 2 grados por encima de los niveles preindustriales. En la actualidad muchos políticos prometer excluir a la energía nuclear del mix eléctrico de sus países. Sin embargo, es casi seguro que muy pronto cambiarán de rumbo y adoptarán la energía nuclear, porque es una de las opciones más confiables y sostenibles para el suministro de electricidad.

 

Las víctimas de Chernóbil y los retos que presenta la opinión de los expertos

La preparación y la respuesta ante emergencias nucleares son en gran medida tareas técnicas, físicas. Implican equipos como bombas, generadores, contenciones y helicópteros. Sin embargo, no son solo técnicas. Como señaló mi colega de mesa redonda, Manpreet Sethi, para la preparación y respuesta también es necesario contar con sofisticados instrumentos legales y capacidades organizativas. Es más, como se indicó en la sección para los comentarios de los lectores, la preparación y la respuesta también deben incluir sofisticados recursos regulatorios y en materia de capacitación.

Sin embargo, no importa cuántas convenciones internacionales ha ratificado una nación y no importa qué tan flexible (o inflexible) sea su forma de afrontar los accidentes no previstos en el diseño, las decisiones críticas durante una emergencia real quedan, en última instancia, en manos del personal de la planta, y es su criterio sobre la magnitud de la emergencia el que se aplica para adoptarlas. A medida que avanza una catástrofe, cambian las opiniones. Los expertos modifican sus posturas sobre la gravedad de la catástrofe y sus posibles consecuencias. Descubren que sistemas que anteriormente se pensaba que no estaban relacionados, en realidad se entrecruzan.

Todo esto entorpece el tipo de comunicación que Sethi demanda en la Primera Ronda, es decir, la comunicación eficaz durante una emergencia. Sethi, al referirse a los retrasos en la comunicación de información precisa que acompañaron tanto a Chernóbil como a Fukushima, escribió que "los funcionarios públicos [durante una emergencia] deben poder acceder rápidamente a la opinión científica autorizada y de expertos, para poder tomar buenas decisiones con extrema premura". Sethi sostiene que los funcionarios deben estar en condiciones de clasificar la gravedad de un accidente rápida y correctamente. No obstante, un problema que presentan los accidentes graves es que por lo general es muy difícil, tanto para los funcionarios como para los expertos, evaluar con rapidez y precisión qué tan mal están las cosas en realidad. Mientras la catástrofe aún está en proceso, puede ser imposible clasificarla con precisión o, más bien, una catástrofe puede clasificarse de formas diferentes a medida que evoluciona.

Por consiguiente, el verdadero problema puede yacer en la comunicación de información incompleta, o que no se entiende correctamente, y en la adopción de decisiones sobre la base de dicha información. A pesar de que la "opinión científica autorizada y de expertos", a la que Sethi se refiere, es totalmente crucial durante una emergencia, no es infalible.

Consecuencias legítimas. Un área en la que la opinión de expertos es verdaderamente decisiva, y al mismo tiempo rebatida con vehemencia, tiene que ver con las consecuencias médicas de las catástrofes nucleares. En la Primera Ronda, Augustin Simo mencionó que, hasta ahora, las víctimas mortales de Chernóbil han sido unas 56. Sethi dio una cifra similar (aunque reconoce que las muertes pueden aumentar a largo plazo). Ambos autores presentaron estas cifras como prueba de que la industria nuclear es lo suficientemente segura. Implícitamente sus argumentos incluyen comparaciones con víctimas de actividades más mundanas, por ejemplo, unas 90 personas mueren todos los días en los Estados Unidos en accidentes de automóviles, camiones y motocicletas. Siempre es tentador hacer comparaciones cuando se examinan tecnologías de alto riesgo, como la energía nuclear. No obstante, este tipo de comparaciones presentan un problema doble.

En primer lugar, existe por lo general una gran controversia en relación con las víctimas mortales de una catástrofe nuclear. Un informe de 2015 de la Organización Mundial de la Salud y otras organizaciones, sobre las víctimas mortales de Chernóbil, predijo que "con el tiempo, podían morir hasta 4000 personas a consecuencia de la exposición a la radiación". Sin embargo, un informe de Greenpeace de 2006 cuestionó estos números, y estimó que la catástrofe terminará causando 250 000 cánceres y que, de estos, unos 100 000 serán mortales. Estas estimaciones tan divergentes demuestran lo increíblemente complicado que resulta atribuir muertes dilatadas en el tiempo a causas específicas. De hecho, la comunidad internacional solo ha aceptado una única conexión causal directa entre Chernóbil y el cáncer, relacionada con el cáncer de tiroides en niños. Aun esta limitada aceptación, afirma Olga Kuchinskaya de la Universidad de Pittsburgh, en su valiente libro The Politics of Invisibility ("La política de la invisibilidad"), solo se debe a los esfuerzos de científicos bielorrusos, a los que cada vez se margina más en su propio país.

En segundo lugar, las muertes no son las únicas consecuencias de las catástrofes, tanto nucleares como de otro tipo. El trauma de vivir una situación de emergencia, el estrés de tener que pasar por una evacuación (temporal) o incluso la "fobia sobre la energía nuclear", a la que alude Simo (tanto si es justificada como si no lo es); todo esto puede tener consecuencias psicológicas y para la salud mental, no menos debilitantes que el cáncer. Es decir, las muertes no son la única consecuencia negativa legítima de los accidentes nucleares. Incluso los cánceres en remisión pueden ser más importantes de lo que parece; para "curar" el cáncer de tiroides muchas veces es necesario extirpar quirúrgicamente la tiroides a los pacientes, que además deben someterse a una terapia restitutiva durante toda su vida.

Como ilustra la incertidumbre sobre las víctimas morales de Chernóbil, ni la "opinión científica" ni la de "expertos" son siempre unánimes. Los conocimientos científicos no son inmunes a la controversia, y las opiniones de los expertos cambian con el tiempo.

 

Round 2

Aliarse con el público para estar mejor preparados

Muchos lectores que han comentado esta mesa redonda  han expresado un punto de vista negativo sobre la energía nuclear y parecen estar a favor de su abolición. Sin embargo, los tres autores de la mesa redonda, aun cuando han subrayado los desafíos que supone la preparación para una catástrofe nuclear, o bien argumentan a favor de la energía nuclear o se niegan a argumentar en su contra. ¿A qué se debe esta diferencia de perspectiva entre los lectores legos y los llamados expertos nucleares?

Las actitudes de los lectores no son extrañas; muchas personas del público en general se oponen a la energía nuclear porque temen que un accidente supere los escenarios previstos durante el diseño del reactor y superen también la capacidad humana de manejar sus consecuencias. Entretanto, los tres autores de la mesa redonda conocen muy bien los desafíos -técnicos, legales, regulatorios, psicológicos, etc.- relacionados con la preparación y respuesta ante emergencias. No obstante, aun cuando los autores entienden la necesidad de mejorar las capacidades en materia de preparación y respuesta de todas las formas posibles, no ven la necesidad de eliminar la energía nuclear.

En su lugar, hacen hincapié en la importancia de aprender de las catástrofes anteriores, tal como hice yo en la Primera Ronda, o abogan por la armonización global de los procedimientos de emergencia, como Augustin Simo, o, como Sonja Schmid, sostienen que el personal de las centrales nucleares debería tener más libertad para improvisar y ejercer la creatividad durante una emergencia.

Sospecho que una de las causas de estas diferencias de perspectiva de legos y expertos radica simplemente en el conocimiento. Por supuesto, entre quienes se oponen a la energía nuclear hay muchos expertos bien informados. Sin embargo, también ocurre que muchos legos que se oponen a la energía nuclear están muy mal informados.

Parte de la culpa de esta situación corresponde al propio sector nuclear y, tomando prestada la frase de Simo, al “secretismo inherente a los centros nucleares”. La tendencia al secretismo puede llevar a que los operadores nucleares traten a la tecnología nuclear como algo ajeno a la capacidad de comprensión de las personas normales y corrientes. Por ejemplo, muchos integrantes del sector nuclear nunca han intentado explicar el fenómeno de la radiactividad (que se da en gran parte en la naturaleza, de forma inofensiva). Nunca se han molestado, en algunos casos por pereza o falta de interés, en describir las mejoras en los elementos de seguridad y capacitación de los operadores que minimizan los riesgos de catástrofes nucleares. La inquietud y desconfianza del público en relación con la energía nuclear son consecuencia de una comunicación inadecuada.

Existió un tiempo en el que los humanos temían al fuego, hasta que aprendieron cómo, con las precauciones adecuadas, podían sacarle partido de forma segura para lograr excelentes resultados. Así pues, los centros nucleares deben desprenderse de su tendencia al secretismo y de hecho alentar al público a aprender sobre los elementos de seguridad nuclear y la preparación para accidentes. De esta forma, es posible que el público supere su miedo a lo desconocido.

En una burbuja, no. Otro mecanismo que puede favorecer la confianza en la preparación para catástrofes es el sistema de regulación nuclear de una nación. A raíz de la catástrofe de Fukushima, se prestó gran atención a la captura del regulador -una situación que se da cuando el organismo regulador está dominado por la industria a la que se supone que debe regular- de modo que los países con reactores nucleares en funcionamiento procuraron que sus organizaciones y procesos regulatorios fueran lo más estrictos e independientes posibles. No hay duda de que la confianza en los órganos regulatorios es fundamental para que el funcionamiento de los reactores y los sistemas de respuesta ante emergencias sean adecuados. Sin embargo, ni la confianza en los reguladores ni los propios reguladores están encerrados en una burbuja. La confianza del público en la regulación es reflejo de las percepciones generales de una sociedad sobre la integridad, honestidad y la cultura de la seguridad públicas. Por ejemplo, en países con una cultura de la seguridad en el transporte poco rigurosa, es fácil que las actitudes de las personas en relación con las operaciones nucleares también sean negativas.

Ahora bien, hay un lado positivo, ya que la energía nuclear en cierta medida se regula a sí misma. La tecnología nuclear es bastante implacable, y un incidente nuclear local puede convertirse rápidamente en una sensación global. Esto obliga a la industria nuclear de todo el mundo a mantener un alto nivel, someterse a revisiones de pares y auditorías, e incluso intentar armonizar los procedimientos operativos.

Debemos admitir que nunca podrá existir una estrategia perfecta para la prevención y preparación ante catástrofes. Por consiguiente, en los países que opten por incluir a la energía nuclear en su gama de tecnologías de generación de electricidad, el enfoque adecuado es lograr que la prevención y preparación ante catástrofes sean lo más perfectas posible. A su vez, y lo que es crucial, las medidas en materia de preparación y respuesta deben comunicarse al público con transparencia.

La energía nuclear se enfrenta a desafíos que no desaparecerán solo porque el público se vuelva un aliado en las estrategias de preparación y respuesta. Sin embargo, darle participación debe formar parte de la solución.

 

Entre catástrofes, consenso científico e información confiable

No es ninguna sorpresa que las previsiones sobre las víctimas mortales de Chernóbil difieran tanto. Como mi colega de mesa redonda, Sonja Schmid, señaló anteriormente en la Segunda Ronda, la Organización Mundial de la Salud informó en 2005 que las víctimas mortales de Chernóbil llegarían a las 4000. Al año siguiente, Greenpeace estimó que la catástrofe provocaría unos 100 000 cánceres fatales. Estas cifras están muy lejos, pero calcular el riesgo radiológico siempre es problemático. Cuando las dosis de radiación son bajas, abundan las incertidumbres. Lo mismo ocurre con los riesgos para grupos de población específicos. Entretanto, los métodos utilizados para la valoración varían de una organización a otra. Es probable que pase mucho tiempo antes de que se determine la cifra correcta de víctimas mortales de Chernóbil, si es que alguna vez puede hacerse. También las víctimas mortales de Fukushima son una cuestión no resuelta. Es necesario contar con mejores pruebas estadísticas que respalden las proyecciones sobre víctimas mortales a consecuencia de catástrofes nucleares; ha habido una falta de estudios cuantitativos que puedan validar las estimaciones sobre el número total de fallecidos en poblaciones expuestas a las que se aplican determinados factores de riesgo.

Por desgracia, la falta de consenso sobre la estimación de las víctimas mortales menoscaba la confianza del público en la energía nuclear. De hecho, si la comunidad científica nuclear adoptara un enfoque uniforme para estimar las víctimas relacionadas con las catástrofes, quizás sería posible manejar mejor el malestar público en relación con la energía nuclear. Lo ideal sería que la comunidad científica llegar a un consenso y, a la vez, comenzara a implementar este nuevo consenso. Probablemente este enfoque llevaría a una mayor aceptación de la energía nuclear de la que existe actualmente a raíz de la diversidad de opiniones científicas.

En cualquier caso los estudios científicos indican que los daños psicológicos a consecuencia de accidentes nucleares pueden ser más perjudiciales que los efectos de la radiación. Schmid señaló que el estrés asociado a las evacuaciones equivale a una forma de trauma legítimo; lo mismo ocurre con el simple miedo. Saber cómo manejar estos efectos psicológicos es un reto importante al que todos los sistemas de preparación y repuesta ante catástrofes se deben enfrentar.

Máximas prioridades. Entretanto, Schmid escribe que la preparación y respuesta ante emergencias “son en gran medida tareas técnicas”, pero no “solo técnicas”. Por supuesto, tiene razón. Sin embargo, los aspectos técnicos de la preparación y emergencia deben ser las máximas prioridades en cualquier catástrofe. Desde que ocurre un incidente, debe recopilarse información que pueda ayudar a determinar el alcance de la emergencia y servir de orientación para las medidas que deben adoptar quienes intervengan primero. Debe llevarse a cabo el control continuo, en tiempo real, para ayudar a evaluar las consecuencias inmediatas del incidente, así como sus posibles impactos sobre las personas y el medio ambiente. A su vez, todas las declaraciones públicas de funcionarios o expertos deben basarse en datos confiables. Como escribe Manpreet Sethi, los funcionarios “deben poder acceder rápidamente a la opinión científica autorizada y de expertos, para poder tomar buenas decisiones con extrema premura”.

No obstante, la información, y su interpretación, pueden fácilmente ser objeto de controversia, especialmente cuando empiezan a intervenir los funcionarios locales. Por ejemplo, casi enseguida de la catástrofe de Fukushima, el Centro de Seguridad de Tecnología Nuclear de Japón “comenzó a divulgar pronósticos sobre la difusión de materiales radiactivos (pronósticos sobre la nube radiactiva)”. Sin embargo, la Prefectura de Fukushima decidió que la información no tenía la suficiente actualidad y nunca la anunció oficialmente. Este tipo de desacuerdos pueden retrasar las medidas necesarias.

Otro riesgo de la demora en las actuaciones se deriva del secretismo inherente a los centros nucleares. El excesivo deseo de preservar la confidencialidad puede retrasar la interacción con expertos e instituciones extranjeros. Es necesario resistirse a esta tendencia dado que, durante una emergencia, es de vital importancia que la comunidad internacional de expertos comparta sus opiniones y enfoques de forma oportuna.

 

Las víctimas de Chernóbil y los retos que presenta la opinión de los expertos

La preparación y la respuesta ante emergencias nucleares son en gran medida tareas técnicas, físicas. Implican equipos como bombas, generadores, contenciones y helicópteros. Sin embargo, no son solo técnicas. Como señaló mi colega de mesa redonda, Manpreet Sethi, para la preparación y respuesta también es necesario contar con sofisticados instrumentos legales y capacidades organizativas. Es más, como se indicó en la sección para los comentarios de los lectores, la preparación y la respuesta también deben incluir sofisticados recursos regulatorios y en materia de capacitación.

Sin embargo, no importa cuántas convenciones internacionales ha ratificado una nación y no importa qué tan flexible (o inflexible) sea su forma de afrontar los accidentes no previstos en el diseño, las decisiones críticas durante una emergencia real quedan, en última instancia, en manos del personal de la planta, y es su criterio sobre la magnitud de la emergencia el que se aplica para adoptarlas. A medida que avanza una catástrofe, cambian las opiniones. Los expertos modifican sus posturas sobre la gravedad de la catástrofe y sus posibles consecuencias. Descubren que sistemas que anteriormente se pensaba que no estaban relacionados, en realidad se entrecruzan.

Todo esto entorpece el tipo de comunicación que Sethi demanda en la Primera Ronda, es decir, la comunicación eficaz durante una emergencia. Sethi, al referirse a los retrasos en la comunicación de información precisa que acompañaron tanto a Chernóbil como a Fukushima, escribió que "los funcionarios públicos [durante una emergencia] deben poder acceder rápidamente a la opinión científica autorizada y de expertos, para poder tomar buenas decisiones con extrema premura". Sethi sostiene que los funcionarios deben estar en condiciones de clasificar la gravedad de un accidente rápida y correctamente. No obstante, un problema que presentan los accidentes graves es que por lo general es muy difícil, tanto para los funcionarios como para los expertos, evaluar con rapidez y precisión qué tan mal están las cosas en realidad. Mientras la catástrofe aún está en proceso, puede ser imposible clasificarla con precisión o, más bien, una catástrofe puede clasificarse de formas diferentes a medida que evoluciona.

Por consiguiente, el verdadero problema puede yacer en la comunicación de información incompleta, o que no se entiende correctamente, y en la adopción de decisiones sobre la base de dicha información. A pesar de que la "opinión científica autorizada y de expertos", a la que Sethi se refiere, es totalmente crucial durante una emergencia, no es infalible.

Consecuencias legítimas. Un área en la que la opinión de expertos es verdaderamente decisiva, y al mismo tiempo rebatida con vehemencia, tiene que ver con las consecuencias médicas de las catástrofes nucleares. En la Primera Ronda, Augustin Simo mencionó que, hasta ahora, las víctimas mortales de Chernóbil han sido unas 56. Sethi dio una cifra similar (aunque reconoce que las muertes pueden aumentar a largo plazo). Ambos autores presentaron estas cifras como prueba de que la industria nuclear es lo suficientemente segura. Implícitamente sus argumentos incluyen comparaciones con víctimas de actividades más mundanas, por ejemplo, unas 90 personas mueren todos los días en los Estados Unidos en accidentes de automóviles, camiones y motocicletas. Siempre es tentador hacer comparaciones cuando se examinan tecnologías de alto riesgo, como la energía nuclear. No obstante, este tipo de comparaciones presentan un problema doble.

En primer lugar, existe por lo general una gran controversia en relación con las víctimas mortales de una catástrofe nuclear. Un informe de 2005 de la Organización Mundial de la Salud y otras organizaciones, sobre las víctimas mortales de Chernóbil, predijo que "con el tiempo, podían morir hasta 4000 personas a consecuencia de la exposición a la radiación". Sin embargo, un informe de Greenpeace de 2006 cuestionó estos números, y estimó que la catástrofe terminará causando 250 000 cánceres y que, de estos, unos 100 000 serán mortales. Estas estimaciones tan divergentes demuestran lo increíblemente complicado que resulta atribuir muertes dilatadas en el tiempo a causas específicas. De hecho, la comunidad internacional solo ha aceptado una única conexión causal directa entre Chernóbil y el cáncer, relacionada con el cáncer de tiroides en niños. Aun esta limitada aceptación, afirma Olga Kuchinskaya de la Universidad de Pittsburgh, en su valiente libro The Politics of Invisibility ("La política de la invisibilidad"), solo se debe a los esfuerzos de científicos bielorrusos, a los que cada vez se margina más en su propio país.

En segundo lugar, las muertes no son las únicas consecuencias de las catástrofes, tanto nucleares como de otro tipo. El trauma de vivir una situación de emergencia, el estrés de tener que pasar por una evacuación (temporal) o incluso la "fobia sobre la energía nuclear", a la que alude Simo (tanto si es justificada como si no lo es); todo esto puede tener consecuencias psicológicas y para la salud mental, no menos debilitantes que el cáncer. Es decir, las muertes no son la única consecuencia negativa legítima de los accidentes nucleares. Incluso los cánceres en remisión pueden ser más importantes de lo que parece; para "curar" el cáncer de tiroides muchas veces es necesario extirpar quirúrgicamente la tiroides a los pacientes, que además deben someterse a una terapia restitutiva durante toda su vida.

Como ilustra la incertidumbre sobre las víctimas morales de Chernóbil, ni la "opinión científica" ni la de "expertos" son siempre unánimes. Los conocimientos científicos no son inmunes a la controversia, y las opiniones de los expertos cambian con el tiempo.

 

Round 3

Para lograr que la energía nuclear sea aceptada las estrategias deben variar

Me declaro culpable de la acusación de mi colega de mesa redonda Steven Starr de no ver la necesidad de eliminar la energía nuclear. Starr escribió que Sonja Schmid, Manpreet Sethi, y yo “podremos sugerirnuevas políticas o soluciones tecnológicas para la industria nuclear, pero no abogaremos por su abolición”. Tiene razón, no voy a abogar por la abolición de una industria que puede mejorar drásticamente el suministro de energía en los países en desarrollo, donde millones de personas están condenadas a la pobreza, si la energía necesaria para la industrialización sigue siendo inaccesible.

Las naciones que se embarcan en programas de energía nuclear por lo general tienen importantes razones para hacerlo, inclusive la falta de buenas alternativas para satisfacer las necesidades de electricidad. Estas razones también pueden incluir la confianza en la seguridad de los reactores nucleares existentes y la confianza en que reactores todavía más seguros estarán disponibles pronto. En la mayoría de los casos, si el público entiende las razones subyacentes para fomentar la energía nuclear, apoyarán las decisiones de los adoptadores de políticas. Por este motivo es tan importante que el público entienda los esfuerzos constantes que se realizan para mejorar la seguridad de los reactores, los progresos en materia de seguridad logrados desde Chernóbil y las medidas adoptadas desde Fukushima para evitar una catástrofe similar en el futuro.

No obstante, las naciones presentan niveles de educación y desarrollo tecnológico muy diferentes, de modo que las estrategias para la comunicación con el público sobre la energía nuclear diferirán de país a país. Por ejemplo, en países con sectores nucleares bien establecidos, la industria nuclear proporciona trabajos que las personas no quieren perder. Los empleados, si son suficientes, pueden explicar los beneficios de la tecnología a otras personas de su entorno social y marcar una gran diferencia para la aceptación pública. En países menos desarrollados la situación puede ser bastante distinta. Se requiere cierto nivel de educación para entender la tecnología nuclear y los elementos de seguridad, de modo que la comunicación pública en países con personas con menor nivel educativo (lo que incluiría a muchas naciones de mi continente de origen, África) debería centrarse en los recursos energéticos locales y su incapacidad para proporcionar energía suficiente para la industrialización. Si el público se da cuenta de que la industrialización no puede avanzar sin energía nuclear, estará a favor de esta última, a pesar de que podría ocurrir un accidente, de la misma forma que, a pesar de que los accidentes aéreos no pueden evitarse por completo, las personas viajan en avión, porque solo los aviones permiten un rápido transporte entre continentes.

Las naciones que reivindican la energía nuclear para lograr sus objetivos de desarrollo deberían compartir sus procesos para la adopción de decisiones con otros países en situaciones similares. Entretanto, las interacciones de los organismos reguladores en materia nuclear y el público deben ser transparentes. Estas agencias ofician de interfaz entre la industria nuclear y el público. Deben demostrar constantemente su independencia y su capacidad de regular la energía nuclear de forma adecuada.

Aun cuando algunos países dejen atrás la energía nuclear, como está haciendo Alemania, es probable que aumente la cantidad de países en los que funcionan industrias de energía nuclear, así como el número total de reactores en funcionamiento. Esto se debe sencillamente a que muchos países consideran a la energía nuclear como un componente confiable y necesario de su futura matriz energética.

 

Cálculo del riesgo nuclear y fe en el ingenio humano

Justo cuando me senté a escribir mi último ensayo para esta mesa redonda, me enteré de que un accidente entre un autobús y dos automóviles en la autopista Mumbai-Pune, un pasaje muy transitado entre dos importantes ciudades indias, había causado la muerte de 17 personas. Según la edición del 6 de junio de The Times of India, desde 2014 se han registrado 285 muertes en esa ruta. Pese a esto, la autopista no se ha clausurado.

En 2013, 1,6 millones de personas en China y 1,4 millones en India murieron por enfermedades que tuvieron su origen en la contaminación atmosférica. La contaminación que los mató es consecuencia de la quema de madera, estiércol y residuos agrícolas para cocción y calefacción, de la quema de carbón para la generación de electricidad y de los escapes de los vehículos. Las pautas sobre calidad del aire establecidas por la Organización Mundial de la Salud prescriben concentraciones medias diarias de partículas que no superen los 25 microgramos por metro cúbico. Sin embargo, en febrero, Pekín y Nueva Delhi, como era de esperar, presentaron concentraciones de partículas de 300 microgramos por metro cúbico, o incluso más. Aun así, nadie prohíbe quemar combustible para cocción o calefacción o usar vehículos para el transporte.

No presento estas cifras para trivializar los peligros de la generación de energía nuclear, sino más bien para poner las cosas en perspectiva.La tecnología nuclear apareja varios peligros, lo mismo que cruzar una calle transitada en una ciudad modernizada de cualquier parte de Asia. En todo el mundo, las personas continúan con sus rutinas diarias, asumiendo riesgos, tomando precauciones, estando preparadas.

Depende de la situación de cada uno. ¿Por qué -pregunta mi colega de mesa redonda, Steven Starr- “debería permitirse a los reactores seguir produciendo cantidades enormes de veneno nuclear” que, “en términos humanos”, durará para siempre? Starr introduce esta interrogante como la pregunta correcta a formular en relación con la energía nuclear. Sin embargo, para mí la pregunta correcta es ¿por qué, si la energía nuclear puede permitir generar electricidad sin emisiones, tengo que respirar emisiones venenosas de fuentes de energía sucia en la actualidad?

Esto me lleva al argumento de Sonja Schmid sobre las percepciones de riesgo que difieren de persona a persona. Creo que la postura de cada uno depende de su situación particular. Yo vengo de una región en la que la electricidad disponible a toda hora, todos los días, todavía es un sueño. Así que mis cálculos de riesgo tienen en cuenta a los hospitales, en los que no se garantiza la electricidad durante todo el día y la noche, en los que los equipos de soporte vital pueden no funcionar correctamente y, a consecuencia de ello, las personas pueden morir. Considero que esto implica un riesgo más grande que los accidentes nucleares, que en primer lugar no deberían ocurrir, si los sistemas nucleares funcionan utilizando procedimientos óptimos de seguridad.

Sí estoy de acuerdo con Starr en que la gestión de los residuos es un importante problema sin resolver en relación con la energía nuclear, pero en muchos lugares del mundo continúan las investigaciones y desarrollo sobre la eliminación de residuos. De hecho, en la conferencia general del Organismo Internacional de Energía Atómica en septiembre de 2014, India anunció una importante medida, a saber, la puesta en funcionamiento de una planta de demostración para la separación de actínidos en el Centro de Investigaciones Atómicas Bhabha en Tarapur. Según Ratan Kumar Sinha, el entonces presidente de la Comisión de Energía Atómica, la planta separa “actínidos menores de … residuos de alto nivel”, un proceso que puede reducir la vida de los residuos radiactivos “de unos 1000 años a unos 300 años”. La separación reduce también el volumen de residuos de alto nivel que requieren un almacenamiento a largo plazo. Es más “se ha desarrollado y demostrado tecnología para la eliminación del [cesio]-137, altamente radiactivo, y su conversión a [una forma] que puede utilizarse para irradiación de sangre y aplicaciones similares de dosis bajas de radiación”. Conservo la fe en el ingenio humano y en su capacidad para identificar soluciones para problemas que hoy día pueden parecer insolubles.

En la Segunda Ronda sostuve que los establecimientos nucleares deberían asociarse con el público para generar una mayor confianza en la energía nuclear. Sin dudas, como escribió Sonja Schmid, generar esta confianza no proporciona a los establecimientos nucleares “carta blanca para tomar decisiones en nombre del público”. Voy a dar un paso más y decir que la asociación entre los establecimientos nucleares y el público es un camino de ida y vuelta: cuando un público consciente, demandante, mantiene alerta a la industria nuclear, la seguridad nuclear y la preparación ante emergencias mejoran.

 

Expertos, legos y matices en la preparación ante catástrofes

Desde hace mucho tiempo los ingenieros, psicólogos y sociólogos se esfuerzan por entender las diferencias en la percepción de riesgos, especialmente -aunque no exclusivamente- cuando se trata de temas nucleares. ¿Por qué personas diferentes tienen miedo de cosas diferentes? ¿Por qué ignoran con tanta frecuencia los cálculos científicos sobre probabilidades y víctimas?

En la Segunda Ronda, Manpreet Sethi sugirió que los expertos tienden a estar a favor de la energía nuclear mientras que los no expertos, es decir, los legos, tienden a oponerse a la misma. Sostuvo que la desconfianza pública en relación con la energía nuclear se debe muchas veces a la falta de conocimientos, que es, a su vez, “consecuencia de una comunicación inadecuada” por parte de los expertos. Esta actitud representa un esfuerzo conocido y persistente para la evaluación de las percepciones de riesgo controvertidas. Sin embargo, desconoce décadas de investigación en ciencias sociales que ha examinado profundamente los conocimientos de expertos frente a los de los legos, el concepto de confianza y el “modelo del déficit” en la comunicación científica.

Con frecuencia no sirve de mucho diferenciar entre expertos y legos, a menos que se distinga cuidadosamente el carácter, cualidades particulares y nivel de conocimientos de las personas implicadas. Un ejemplo clásico es el de los ganaderos de ovinos en el noroeste de Inglaterra que fueron objeto de estudio de Brian Wynne, profesor de estudios sociales en la Universidad de Lancaster, tras lo sucedido en Chernóbil. Wynne se dio cuenta de que los ganaderos de ovinos, debido a sus profundos conocimientos sobre el pastoreo y su familiaridad con las consecuencias de incidentes anteriores en la problemática planta de reprocesamiento de Sellafield cercana, podían hacer predicciones más relevantes y exactas que los científicos que se centraban exclusivamente en la capacidad del suelo local de diluir la contaminación radiactiva.

Así pues, el problema de los conocimientos presenta sus trampas. Cada persona es experta en algunos temas y lega en muchos otros. Además, las distinciones rígidas entre legos y expertos ignoran la capacidad de las personas de aprender, y existen abundantes pruebas que demuestran que los legos pueden educarse con eficacia sobre temas que les preocupan y que van desde problemas médicos hasta la energía nuclear. Cuando los expertos nucleares catalogan a las objeciones de los legos de “desinformadas”, pueden perder perspectivas valiosas sobre posibles problemas relacionados con la energía nuclear, así como soluciones prometedoras.

Sin carta blanca. Tanto Sethi como Augustin Simo subrayan la importancia que la confianza pública tiene para la energía nuclear. Proponen que los científicos y la industria nuclear trabajen para recuperar la confianza, educando a legos con información insuficiente sobre los nuevos y avanzados elementos de seguridad, o presentando al público información clarificada y simplificada sobre las consecuencias de las catástrofes nucleares. Las propuestas de Sethi y Simo coinciden con lo que generaciones de comunicadores de riesgos cada vez más profesionalizados han intentado hacer, es decir (parafraseando el resumen del académico de Carnegie Mellon, Baruch Fischhoff, sobre por qué han fracasado tantos esfuerzos para la comunicación de riesgos), “dar al público los números, explicarle lo que significan los números, y tratarlo bien”.

Este enfoque presenta un doble problema. En primer lugar, la información sobre las emergencias nucleares y sus consecuencias es fundamentalmente incierta. “Los números” no pueden simplemente comprimirse en un mensaje coherente, deben considerarse muchísimos factores contextuales y contingentes. En segundo lugar, se entiende muy mal la confianza pública si se asume que, una vez generada la confianza, esta proporciona carta blanca para tomar decisiones en nombre del público. Por el contrario, la confianza supone una relación dinámica que implica un diálogo permanente y respetuoso con individuos y organizaciones.

La comunicación eficaz con personas y comunidades posiblemente afectadas es totalmente crucial en la preparación y respuesta ante emergencias nucleares. No obstante, es posible que sea necesario revisar profundamente los modelos establecidos para la comunicación de riesgos. ¿Qué sucedería si se considerara a un público crítico, o incluso desconfiado, como una ventaja, en lugar de un obstáculo? ¿Qué sucedería si la industria nuclear depositara una mayor confianza en la capacidad de las personas legas de aprender sobre sistemas complejos y de interpretar las incertidumbres de forma adecuada? ¿Qué sucedería si las dos partes de este polarizado debate intentaran respetar las inquietudes de la otra en lugar de descartarlas sin más por irracionales? Esto es al menos seguro: las capacidades en materia de preparación y respuesta ante emergencias nucleares resultarían beneficiadas, si las conversaciones al respecto incorporaran más matices.

 



Topics: Nuclear Energy

 

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